miércoles, 8 de agosto de 2012

Epístola de Santiago



I. EL AUTOR DE ESTA CARTA
1. El primer versículo de la carta dice: "Santiago, siervo de Dios y del Se­ñor Jesucristo", pero eso no le distingue de los varios llamados Jacobo o San­tiago en el Nuevo Testamento.
2. Jacobo, hijo de Zebedeo, y hermano de Juan, era uno de los doce a­póstoles (Mateo 10:2, Marcos 3:14-19, Lucas 6:13-16, Hechos 1:13). Este Jaco­bo fue muerto por Herodes Agripa I, como en el año 44 d. de J.C. (Hechos 12:1,2).
3. Jacobo, hijo de Alfeo, también era uno de los doce apóstoles. (Véanse los textos dados arriba). Era conocido como "el menor" (griego M­IKROS, pequeño, en estatura o edad) (Marcos 15:40). Era hijo de María (Mar­cos 15:40, Mateo 27:56), la esposa de Cleofas (o Alfeo) (Juan 19:25).
4. Jacobo, el padre de Judas (no Iscariote) el apóstol (Lucas 6:16). Nótese que la Versión Valera, Revisión de 1960, dice "Judas hermano de Jaco­bo", pero el texto griego dice literalmente, "Judas de Jacobo", y bien lo tra­duce la Versión Hispanoamericana, como también otras, "Judas el hijo de Jaco­bo".  Este Jacobo era el padre del apóstol Judas (diferente a Judas Iscariote).
5. "Jacobo el hermano del Señor" (Gálatas 1:19). (En el texto griego de esta referencia aparece la palabra misma para decir "hermano"). Los cuatro her­manos de Jesús son mencionados por nombre en Mateo 13:55 y en Marcos 6:3.  Jacobo era uno de ellos.  Durante el ministerio de Jesús era incrédulo (Juan 7:5), pero Jesús le apareció después de su resurrección (1 Corintios 15:7), y vemos que Jacobo ya era creyente y estuvo esperando con los demás dis­cípulos en Jerusalén  (Hechos 1:14).  Poco después de la muerte de Jacobo, hijo de Zebedeo (Hechos 12:2), este Jacobo (el hermano del Señor) tenía una posición o  reputación importante en la iglesia de Jerusalén (Hechos 12:17). Algunos le considera­ban como "columna" en la iglesia de Jerusalén  (Gálatas 2:9). Es cierto que tu­vo parte principal en la discusión en la iglesia de Jerusalén cuando se trató la cuestión surgida en Antioquia (Hechos 15:1, 2, 13, etcétera). Por última vez se men­ciona en Hechos 21:18, donde se infiere que todavía ocupaba una posición de pro­minencia en la iglesia.

II. ¿A QUIÉNES FUE ESCRITA ESTA CARTA?
"Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo, a las doce tribus que están en la dispersión: Salud" (1:1).
Hay tres posiciones tomadas respecto a los destinatarios originales de es­ta carta:
(1)  Los judíos todos (conversos e inconversos) que estaban dispersa­dos en las tierras de los gentiles.
(2)  La iglesia compuesta tanto de gentiles como de judíos, y llamada el Israel espiritual (Gál. 3:29, 6:16; Romanos 4:16, 9:6; Fil. 3:3, etcétera).
(3)  Los judíos cristianos dispersados fuera de Palestina.
          Es imposible que esta carta haya sido dirigida directamente a los judíos inconversos, porque las muchas referencias en ella a Jesús, y a la fe de la cual él es el autor, no lo permiten (1:1, 18, 25; 2:1, 12; 5:7, 8).
          Es cierto que la iglesia de Cristo, compuesta así de gentiles como de ju­díos, es llamada el Israel espiritual, pero esta carta no se dirige a los peca­dos peculiarmente gentiles (la fornicación, la idolatría, etcétera), sino a los de judíos (la jactancia, las riquezas, los juramentos, etcétera).
          Sin duda la carta fue dirigida originalmente a judíos, hermanos en la fe, que residían fuera de Palestina, pues tal es el significado normal de la pala­bra griega DIASPORA (dispersión). Esta palabra se emplea en otros dos pasa­jes: Juan 7:35 donde se usa en su sentido general o normal (de judíos esparcidos a través de los países paganos), y 1 Ped. 1:1, donde tiene aplicación es­piritual o figurada, aunque permanece la idea central de esparcidos o dispersados.
          Es interesante notar que mientras que la carta a los Hebreos fue dirigida principalmente a los residentes en Palestina, y la primera de Pedro a los de Asia Menor, ésta se dirigió a los dispersados en general. En las tres cartas el cristiano judío es tratado (aunque entiendo que los recipientes de la prime­ra de Pedro eran tanto gentiles como judíos de raza).
         Los recipientes de esta carta de Santiago eran judíos, como se nota en la manera de llamarse su sitio de reuniones: su sinagoga (2:2, texto griego). Pe­ro no eran judíos inconversos, pues en 5:14 se hace referencia a "los ancianos de la iglesia".
          Veremos a través de la carta algunas referencias a los judíos inconver­sos, pero la carta de por sí fue dirigida a judíos cristianos. ¡Qué cosa más espera­da cuando recordamos que Jacobo era "apóstol" enviado a la circuncisión!

III. ¿CUÁNDO FUE ESCRITA ESTA CARTA Y DESDE DÓNDE?
          Basándome en la persuasión de que el autor de esta carta es el mismo Jaco­bo referido en Hechos 15, podemos decir que la carta fue escrita desde Jerusalén,  el centro de actividad de este Jacobo. No hay evidencia que apunte a otro lu­gar.
          Respecto a la fecha de haber sido escrita, hay comentaristas que abogan por fecha tem­prana (como a mediados de los cuarenta del siglo primero). Creen que fue escrita antes del llamado "concilio de Jerusalén" (Hechos 15, 52 d. de J.C.) porque Santiago (Jacobo) no trata la cuestión del maestro judaizante (co­mo tam­poco ninguna otra cuestión en la hermandad).  Para ellos esto indica que la di­cha cuestión todavía no había surgido. Dado que la carta fue dirigida a cris­tianos judíos, se supone que todavía no había mucho converso gentil en la igle­sia; es decir, que la iglesia todavía se componía casi solamente de judíos. Ja­cobo ya desde temprano (Hechos 12:17) tenía la confianza de los hermanos ju­díos, y por eso bien pudo haber escrito la carta en fecha temprana (como para el año 45 d. de J.C.; Jacobo el hijo de Zebedeo fue muerto cerca del año 44). Si fue escrita como en el año 45 d. de J.C., esta carta es la primera escrita en orden cronológico de los veintisiete libros del Nuevo Testamento.
          Otros abogan por una fecha más tardía (62 d.C.).  Sus razones me han persuadido a m­í, aunque todos tenemos que admitir que ninguna conclusión en particular es ab­solu­ta o infalible.  Algunas razones de éstas son las siguientes:
(1)   Las condiciones de la hermandad judaica se habían desarrollado a un grado que requería años. Los recipientes de la carta no eran conversos nuevos.
(2)   La carta trata condiciones de hermanos judíos semejantes a las trata­das en 1 Pedro y en Hebreos, dos cartas cuyas fechas de ser escritas se ponen en la primera mitad de los años sesenta del siglo primero (1 Pedro, 65 d. de J.C.; He­breos, 63 d. de J.C.).
(3)   Las referencias a persecuciones, y el hecho de que la baja de fervor espiritual requiere el paso de un buen espacio de tiempo, indican una fecha tardía.
(4)   El autor no tuvo que identificarse, pues después de tantos años de bue­na reputación y aceptación entre los de su interés bastó decirles nada más que era Jacobo (Santiago).
(5)   Las guerras mencionadas en la carta (4:1) pueden apuntar a las que pre­ced ían la destrucción de Jerusalén  (referida en 5:1, 7, 8), cosa que sucedió en el año 70 d. de J.C. (la guerra con los romanos comenzó 3 años antes del 70).
(6)   Josefo, el historiador judío, dató la muerte de Jacobo en el año 63.  Eusebio, historiador del siglo cuatro, citando a Hegésipo, da una narración com­pletamente distinta, datando su "martirio" como en el año 69.  La narración de Josefo parece más creíble. El dice que los judíos, airados por el escape de sus manos de Pablo el apóstol, pues éste apeló a César y fue enviado a Ro­ma, diri­gieron su ira contra Jacobo y algunos otros. El sumo sacerdote les hi­zo traer ante el Sanedrín donde fueron acusados de transgresores de la Ley, y fueron con­denados a muerte y apedreados.  Se sabe por la fecha en que rigió el referido sumo sacerdote que esto sucedería en 62 o 63 d. de J.C.  Juntando es­tos datos, y circunstancias, se concluye que esta carta fue escrita poco antes de la muerte de Jacobo, o sea cerca de 61 o 62 d. de J.C.

IV. EL TEMA Y EL PROPÓSITO DE ESTA CARTA
A.    El Tema. El tema parece ser expresado en 1:12, "Bienaventurado el... le aman".  El cristiano, como hombre perfecto y cabal (1:4) soporta las pruebas de la vi­da, y de esto resulta la perseverancia.  El persevera en la perfecta ley de Cristo que le liberta de la condenación del pecado (1:25). Además este hombre agradable a Dios persevera hasta la venida de Cristo (5:7), teniendo una religión pura y verdadera (1:27). El tema, pues, es la fe durade­ra en presencia de toda clase de oposición y prueba. Esta fe ver­dadera es tam­bién productiva y no tan sólo profesional.
B.    El Propósito. Santiago escribió en un tiempo en que circulaban doctrinas falsas de ju­díos y de cristianos judaizantes. El expuso la falsedad de ellas, y escribió para advertir a sus hermanos en la fe respecto a dichos errores.  Los hermanos iban pasando muchas pruebas difíciles, debido a la persecución y a la tenta­ción de beber del espíritu revolucionario del judío inconverso para resolver los proble­mas de la época.  Santiago escribió para motivar a los hermanos a perseverar (tener paciencia) a pesar de las tribulaciones y tentaciones, para ser "perfec­tos y cabales", sin falta alguna en la vista de Dios. Escribió pa­ra enfatizar la verdad de que la conformidad a la ley de Dios es indispensable para la reli­gión verdadera, y para exponer la falsedad de la doctrina que afir­maba que la mera confesión de labios, sin su correspondiente vida de obedien­cia, bastaba pa­ra la justificación. Obraba en esos días un espíritu de revolu­ción, de parte de los judíos inconversos, pues ellos confiaban en que Dios les libertaría del yugo romano por medio de una insurrección armada, y el judío cristiano no estaba ex­ento de la tentación de pensar lo mismo. Santiago tuvo el propósito de exhortar y animar al creyente y de exponer y amenazar al que persistía en la incredulidad y en su propia justicia.

VI.  LA NATURALEZA DE ESTA CARTA
         Santiago es la escritura de carácter más judaico en el Nuevo Testamento. No es de extrañarse, recordando que Jacobo era "apóstol" enviado a la circun­cisión (Gálatas 2:19).  (Otras escrituras de carácter judaico: Mateo escribió para ju­díos; Hebreos fue escrito para judíos, como tal vez Judas; Apocalipsis abun­da en figuras del Antiguo Testamento).
          No menciona la encarnación ni la resurrección, y la palabra "evangelio" no aparece en su carta, pero sin duda se debe a que no trata el plan de salv­ación en Cristo Jesús. Ya hemos notado el tema y el propósito de esta carta. Jaco­bo se interesó en sus hermanos judíos, siendo él enviado a los de la circuncisión.
          Sus ilustraciones fueron tomadas del Antiguo Testamento, o de la vida dia­ria rural. Es muy semejante su carta al Sermón del Monte (Mateo 5-7). Hay co­mo diez paralelos entre ésta y él. Escribió informalmente, como si fuera pre­dican­do un sermón, en lugar de presentar un tratado formal de un dado tema. P­resentó una serie de exhortaciones, de advertencias, y de instrucciones. Dio consejos prácticos para problemas de día en día.  No escribió sobre cómo lle­gar a ser cristiano, sino cómo vivir el cristiano judío, dadas las circunstan­cias de aquel tiempo. Desde luego se le aplican al cristiano de cualquier ra­za en general, o bajo circunstancias parecidas.
El carácter judaico de la carta se nota en varias observaciones:
1.    El local para reunión es llamado "sinagoga" (2:2).
2.    Abraham es llamado "nuestro padre" (2:21).
3.    Dios es llamado según la expresión común en el Antiguo Testamento, "Se­ñor de los ejércitos" (5:4, véanse Romanos 9:29, Isaías 1:9).
4.    Se discuten pecados peculiares a los judíos: el amor del dinero y la distinción que el rico siente (2:2-4); la mundanalidad y la murmuración (4:11, 5:7-11); y los pecados de la lengua (3:1-12).
5.    Algunas ilustraciones son de personajes del Antiguo Testamento: Abraham (2:21), Rahab (2:25), Job (5:11), y Elías (5:17,18).
En verdad esta carta es de carácter judaico o hebraico.

VII. JACOBO Y PABLO
          Martín Lutero, protestando la doctrina de salvación por obras de mérito hu­mano, fue al otro extremo de la de la salvación por la fe sola. Pensó ha­llar su defensa en los escritos del apóstol Pablo, mayormente en Romanos 3 y 4.  No en­tendiendo bien, ni la doctrina de Pablo ni la de Jacobo, concluyó que Jacobo (Santiago) contradecía a Pablo, pues tuvo mucho que decir respecto a las obras (capítulo 2). Por eso acusó a la carta Santiago de ser una "epístola de paja, careciente de todo carácter evangélico".
          Pero no hay conflicto alguno entre Pablo y Santiago, ¡dos hombres inspira­dos!  Santiago, o Jacobo, ¡no era judaizante! como bien lo prueban los pasajes de Hechos 15 y Gálatas 2.  Es cierto que Jacobo, instrumento de Dios para la circuncisión, se interesó principalmente en sus hermanos judíos.  Era cosa na­tu­ral.  El vivía "como judío", pero vivir como judío (es decir, seguir costum­bres judaicas por ser un judío) era cosa de libertad para el individuo. En es­te sen­tido dijo Pablo el apóstol, también judío aunque apóstol a la incircunc­isión, "me he hecho a los judíos como judío, para ganar a los judíos; a los que están sujetos a la ley (aunque yo no esté sujeto a la ley) como sujeto a la ley, para ganar a los que están sujetos a la ley" (1 Corintios 9:20). Pero ni el uno ni el otro abogaba por el judaísmo, o sea por la doctrina de que la justificación de los gentiles, como la de los judíos, dependía de hacerse ju­dío en la carne (por medio de la circuncisión).
          Los dos tuvieron dos metas completamente distintas al escribir las referi­das porciones de sus cartas. Pablo afirmó que no puede haber justificación de­lante de Dios a base de nuestras propias obras de obediencia porque no hay hom­bre perfecto; todos he­mos pecado. Cristo tuvo que morir por nosotros, y la fe en él es esencial para la justificación. ¡Somos salvos por la fe! Pero, pre­guntamos: ¿por cuál clase de fe? Jacobo (Santiago) contesta la pregunta, por­que él escribió para combatir la falsa doctrina del judío de que la justifica­ción se basaba en tener la confesión correcta (cosa que él profesaba tener, por ser ju­dío), aparte de la clase de vida que él viviera. ¡En ninguna mane­ra! Dijo San­tiago que no puede haber fe genuina que no produzca buenas obras, y que las bue­nas obras son las evidencias de que sí tenemos fe en Cristo, en Dios.
          Pablo no omitió obras (de obediencia), al hablar de la fe. ¡No afirmó sal­vación por fe sola! Habló y escribió acerca de la "obediencia a la fe" o "de fe" (Versión J. T. de la Cruz) (Romanos 1:15), y de ser creado el cristiano "pa­ra buenas obras" (Efes. 2:10). Pero su objeto fue combatir la doctrina ju­dai­zante de que uno se justificaba a base de ser judío, en quien Dios había de­pos­itado la ley (Romanos 2:17 y sig.; 9:4,5). Pero no era así; todos tenemos que ser salvos por el sacrificio de Jesucristo.  Por eso es esencial la fe en él.
          Santiago escribió a cristianos. No trató el punto de cómo llegar a ser cristiano. Condenó la profesión de labios (la fe sola), porque esa clase de fe es muerta.  La fe que justifica a todos, sea al inconverso que necesita cre­er en Cristo y obedecerle (Hebreos 5:8,9), o sea al cristiano ante quien Dios ha pues­to sus deberes, ¡es la que obra u obedece! Este es el punto de Santiago.
          ¡No hay contradicción alguna entre los dos escritores inspirados de Dios! La aparente contradicción existe solamente en las mentas de quienes no compren­den a Pablo, o a Santiago, o a ninguno de los dos.
          Es interesante notar algunas expresiones muy similares en las escrituras de ambos Pablo y Santiago.  Considérense  los siguientes:

         SANTIAGO     PABLO
         1:2,3            Romanos 5:3
         1:6              Efesios 4:14
         1:12             2 Timoteo 4:8
         1:15             Romanos 7:7,8
         1:18             Romanos 8:23
         1:21             Efesios 4:22
         1:22             Romanos 2:13
         2:5              1 Corintios 1:27
         2:23             Romanos 4:3
         4:1              Romanos 7:23
         4:12             Romanos 14:4; 2:1

VIII. Enseñanzas de Santiago
1. En cuanto a la palabra de Dios (Stg 1:18-24)
2. En cuanto a las pruebas y tentaciones (Stg 1:2-4, 12; 5:12), (1:13-17, 4:1-10).
3. En cuanto a la oración (Stg 1:5-7, 4:2-3, 5:13-20).
4. En cuanto a las buenas obras (Stg 2:14-26).
5. En cuanto a la lengua (Stg 3:1-12).
6. En cuanto a la sabiduría (Stg 3:13-18).
7. En cuanto a los ricos y pobres (Stg 1:9-11, 2:1-10, 5:1-6).

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